Bianca entró a la empresa con el paso lento, casi automático, como si cada movimiento le pesara más de lo normal. Esa mañana seguía clavada en su pecho como una espina, y aunque intentó convencerse de que podía continuar como si nada hubiese pasado, sabía muy bien que no.
Desde que salió de la mansión López, después de ver aquellos anillos escondidos en el cajón de Luciano, su mente parecía caminar por un terreno movedizo.
El elevador subió hasta el piso 14, donde quedaba su oficina. El sonido