Bajo la lluvia

NARRADOR OMNISCIENTE

Bajo la lluvia

La lluvia caía con fuerza sobre la avenida.

Thaís permanecía inmóvil frente al automóvil negro. El agua empapaba su vestido, mientras el abrigo oscuro de Theodore seguía extendido sobre la puerta abierta.

—Sube —repitió él.

Ella negó lentamente. Tenía que evitar a toda costa quedar a solas con ese hombre.

—No puedo.

Theodore la observó unos segundos.

—Es cierto, pero tampoco puedes quedarte aquí, sola.

—No quiero causar más problemas.

—Los problemas ya existen, Thaís. —Susurró él con voz grave,luego soltó un suspiro largo y pesado—. La diferencia es que tú todavía no los ves.

Ella levantó la vista.

Había algo extraño en la forma en que la miraba. No era el deseo salvaje de aquella noche en el hotel. Era otra cosa... una mezcla de preocupación, curiosidad y una autoridad que hacía difícil llevarle la contraria.

Un relámpago iluminó la calle.

Thaís dio un paso atrás justo cuando el tacón resbaló sobre el pavimento mojado.

Antes de caer, una mano firme sujetó su brazo.

Por un instante ambos quedaron inmóviles.

El contacto despertó el recuerdo de aquella habitación equivocada. La respiración de ella se corto mientras que el corazón latía con frenesí. Theodore recorrió su rostro con descaro, el color rosado de sus lbios sin pintar, el leve rubor que subió por su mejilla, todo en ella hacia que perdiera casi todo su control. Thaís retiró el brazo de inmediato.

—No me toque.

Theodore no insistió, no porque ella lo ordenara, sino porque si lo volvia hacer, no podria parar. Simplemente se quitó el abrigo y lo colocó sobre los hombros de ella.

—Estás temblando —susurró con voz ronca.

—No necesito su ayuda.

—Hace cinco minutos tampoco necesitabas que te sacara de las manos de esos dos imbéciles. Y mira.

Ella bajó la mirada. No encontró ninguna respuesta. Theodore abrió nuevamente la puerta.

—Sube.

Esta vez obedeció.

El interior del automóvil era cálido y silencioso. Nadie habló durante varios minutos. Solo se escuchaba el sonido de la lluvia golpeando el techo.

Desde el asiento delantero, Cooper observaba discretamente el espejo retrovisor. Nunca había visto a su jefe actuar así con una mujer.

Theodore rompió finalmente el silencio.

—¿Siempre vuelves sola?

Thaís tardó unos segundos en responder.

—Normalmente Matteo pasa por mí —respondió sin mirarlo a los ojos.

—Hoy no lo hizo.

—Estaba ocupado.

Theodore soltó una risa apenas perceptible.

—Sí... muy ocupado.

Ella frunció el ceño.

—¿Qué quiere decir?

—Nada —zanjó, aunque le hubiera gustado mostrarle la clase de hombre con el que creía que se iba a casar.

La miró fijamente. Ella desvió la mirada.

—¿Qué tanto amas a mi hijo, Thaís? ¿Qué hacías esa noche en aquella habitación, sola? —indagó Theodore.

Thaís se tensó. No quería

entrar en detalles sobre aquella noche. Era precisamente eso lo que quería evitar.

—A usted eso no le importa. Déjeme aquí. Caminaré a partir de este punto —cortó con frialdad.

Theodore soltó una risa baja.

—Mientras más intentas alejarme, más despiertas mi curiosidad. Y créeme, nunca dejo una pregunta sin respuesta

Volvió el silencio. Theodore giró apenas el rostro hacia ella, una vez mas ella lo ignoró.

—Eres la autora de los proyectos del edificio Meridian, del complejo Solaris y del puente East River.

No era una pregunta. Thaís abrió mucho los ojos.

—¿Cómo...?

—También diseñaste el plan de expansión hacia Latinoamérica.

Ella permaneció inmóvil. Nadie debía saber aquello. Ella y Matteo se habian encargado de borrar cualquier rastro que la conectaran a esos proyectos.

—No entiendo de qué habla, esta confundido—dijo con nerviosismo evidente. Theodore volvió a sonreír, pero esta era una sonrisa peligrosamente controlada

—No hace falta que mientas.

La mandíbula de Thaís se tensó.

—Son proyectos de Matteo. Yo solo los envié a la junta directiva.

—¿Estás segura?

Ella cerró los ojos. No respondió.

Theodore comprendió más por aquel silencio que por cualquier confesión. Aquella mujer no solo era brillante.

Además protegía al hombre que se estaba llevando todo el crédito. Y el que solo la estaba usando por lo que tenia en su cabeza.

Una parte de él sintió rabia, envidia por decirlo así. Otra... admiración.

Porque solo alguien profundamente enamorado aceptaría desaparecer para que otro brillara.

—¿Me deja, por favor? —pidió ella, incapaz de ocultar la tensión. Lo único que quería era mantenerse lejos de él.

—¿Seguirás ignorando lo que sucedió entre nosotros? —inquirió, sin apartar la vista de ella.

—Señor Lockhart, por favor, le pido que olvide lo que sucedió. Fue un error, yo...

Theodore dejó escapar una risa seca.

—¿Un error? —repitió, arqueando una ceja con una calma que resultaba mucho más intimidante que un grito.

Sus dedos tamborilearon una sola vez sobre el volante antes de volver a mirarla.

—Curiosa forma de llamar error a una noche que ninguno de los dos ha podido olvidar.

Thaís tragó saliva.

—Usted está equivocado.

—¿Lo estoy? —una sonrisa apenas perceptible curvó sus labios—. Entonces mírame a los ojos y dime que no has pensado en mí desde aquella noche.

El silencio de Thaís fue suficiente respuesta.

Era evidente su nerviosismo, pero eso era lo que más lo desconcertaba. Si para ella aquella noche solo había sido un error, ¿por qué reaccionaba así cada vez que estaban cerca?

—Quiero bajar —insistió ella, evitando su mirada.

Theodore había intentado mantener la distancia, pero su paciencia llegó al límite.

La tomó de la cintura y la acercó a él.

El contacto hizo que ambos sintieran la humedad de sus ropas mezclarse con el calor de sus cuerpos. Thaís soltó un jadeo ahogado y sus ojos se abrieron con sorpresa.

—¿Qué… qué cree que hace? —susurró, con la voz entrecortada.

Theodore observó su expresión durante unos segundos que para ella parecieron eternos. La sorpresa, la confusión y esa lucha interna que intentaba ocultar.

Una sonrisa satisfecha apareció en su rostro.

No necesitaba que ella lo admitiera. Su reacción ya le había dado la respuesta.

Entonces la soltó y se apartó con la misma calma con la que se había acercado. Hizo una seña hacia Cooper, quien simplemente asintió.

El automóvil se detuvo frente al edificio donde vivía Thaís. El chofer apagó el motor.

Ella abrió la puerta. Antes de bajar, Theodore habló una última vez.

—Thaís.

Ella se detuvo pero no se giró.

—No permitas que nadie te convenza de que vales menos de lo que realmente vales.

Ella sintió un nudo en la garganta. Las palabras estaban atoradas allí. Solo salió bajo la lluvia y desapareció tras la entrada del edificio.

Theodore siguió mirando la puerta durante varios segundos. Entonces habló sin apartar la vista.

—Cooper.

—Sí, señor.

—Mañana quiero el expediente completo de Thaís Laurent sobre mi escritorio.

—¿Y de Matteo?

Los ojos de Theodore se endurecieron.

—De él... también. Porque si mi hijo le robó el futuro a esa mujer… juro que será él quien pague las consecuencias.

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