La habitación del hotel había sido elegida por Renata hasta el último detalle.
—Si vas a recordar una noche toda la vida, que sea en un lugar que valga la pena —le había dicho ella el día anterior mientras recorrían el lujoso hotel.
Thaís sonrió al recordar aquellas palabras mientras dejaba el bolso sobre la cama. La suite era elegante sin resultar ostentosa. Un enorme ventanal ofrecía una vista privilegiada de la ciudad iluminada y, sobre la mesa de centro, una botella de whisky descansaba junto a dos copas de cristal, como si alguien hubiera preparado el escenario para celebrar algo importante.
Aquella noche estaba destinada a cambiar su vida. Ella solo ignoraba cuánto.
Después de tres años de relación, había decidido entregarse por completo al hombre con quien pensaba casarse. No era una decisión impulsiva.
La había meditado durante semanas.
Matteo jamás la había presionado, y precisamente por eso sentía que había llegado el momento de dejar atrás sus miedos. Dentro de pocos meses sería su esposa. No tenía sentido seguir esperando.
Thaís acomodó la pequeña cámara sobre el mueble sin notar el diminuto punto negro oculto entre las hojas de una planta decorativa
—Nunca sabes cuándo una grabación puede salvarte de una mentira.
Thaís siempre se burlaba de aquella obsesión.
Pero aquella noche decidió hacerle caso una vez más.
El teléfono vibró.
Matteo: Ya casi llego. Ponte lo que hablamos.
Una sonrisa nerviosa apareció en sus labios.
Sobre la silla descansaba el delicado conjunto de encaje que Renata había elegido para ella.
—Cuando Matteo te vea con esto, va a olvidarse hasta de su apellido.
Recordó negando con la cabeza entre risas antes de cambiarse lentamente. Al terminar, se observó frente al espejo.
Aunque no buscaba verse provocativa, ese pequeño conjunto la hacia ver así.
Pero ella solo quería sentirse bonita para el hombre que amaba.
Respiró profundamente, intentando controlar el temblor de sus manos.
El teléfono volvió a iluminarse. Era una videollamada.
Aceptó. La imagen tardó unos segundos en estabilizarse.
—¿Me ves? —preguntó con nerviosismo y un tanto sonrojada.
—Perfectamente —respondió, la sonrisa de Matteo apareció al otro lado de la pantalla.
Durante un instante la imagen se congeló. Matteo miró hacia un lado, como si alguien acabara de entrar en la habitación. Cuando volvió a verla sonreía igual que siempre.
—Estás preciosa.
El rubor cubrió ahora las mejillas de Thaís a un rojo vivo.
—Renata decía que te ibas a quedar sin palabras. —. Él soltó una risa.
—Creo que, por una vez, tenía razón.
Hablaron unos minutos más. Cosas simples. Cotidianas. Él le preguntó si estaba nerviosa. Ella respondió que un poco.
—¿Ya estás en el hotel? —preguntó.
—Sí. Estoy terminando una llamada y subo enseguida.
—No tardes.
—No pienso hacerlo.
La llamada terminó y el silencio volvió a envolver la habitación.
Thaís caminó hasta la mesa de centro. Sirvió un poco de whisky.
Nunca había sido de beber, pero pensó que un trago la ayudaría a relajarse. El líquido ardió en su garganta.
Después tomó el pequeño frasco de aceite aromático que Renata había dejado sobre el tocador.
Sin saberlo, acababa de consumir las dos piezas principales de una trampa cuidadosamente preparada.
—Te prometo que esto hace milagros —había asegurado con una sonrisa cómplice.
Vertió unas gotas sobre sus hombros y sus brazos.
El aroma era cálido, envolvente.
Durante los siguientes minutos comenzó a sentir un extraño calor recorriendo su cuerpo. Al principio creyó que eran los nervios. Después notó que su respiración era más pesada de lo normal.
Frunció el ceño mirando el whisky.
—Qué raro...
Intentó restarle importancia. Quizá el whisky le había caído más fuerte de lo que imaginaba.
En otro extremo de la ciudad, Theodore Lockhart acababa de abandonar una reunión que había durado más de cuatro horas.
Las negociaciones habían sido agotadoras. Aceptó un par de copas para cerrar el acuerdo, algo que rara vez hacía.
Sin embargo, mientras el ascensor del hotel ascendía, sintió que algo no estaba bien.
El pulso se aceleraba de una forma extraña, el calor bajo la piel era insoportable. Pensó que era el cansancio o el alcohol.
Ni siquiera sospechó que las dos copas que había aceptado durante la reunión no contenían únicamente whisky.
Cuando llegó al piso ejecutivo, apenas prestó atención al número de la puerta, introdujo la tarjeta, la luz verde se encendió y entró.
La puerta se cerró lentamente a su espalda.
Thaís levantó la cabeza al escuchar el sonido. Su corazón dio un vuelco.
—Matteo... —susurró con nerviosismo. La sonrisa murió antes de terminar de formarse.
El hombre que acababa de entrar no era su prometido.
Era mucho mayor que él, pero sus facciones eran muy parecidas, y éste, aunque más maduro, no lo suficiente para parecer un anciano. Era alto, de hombros anchos, vestido con un impecable traje oscuro cuya corbata ya había aflojado. El cansancio endurecía las facciones de un rostro extraordinariamente atractivo, pero lo que más llamó la atención de Thaís fueron sus ojos. Tan intensos y lúcidos.
Y, al mismo tiempo, extrañamente turbios.
Él también se quedó inmóvil.
Su mirada recorrió la habitación con rapidez antes de detenerse en la joven que tenía delante.
Había una mujer en ropa de encaje dentro de la que creía su suite. Era una mujer hermosa, perfecta.
Durante unos segundos el silencio reinó en la habitación.
—¿Quién es usted? —preguntó Thaís, retrocediendo un paso.
Theodore llevó una mano a la frente. Intentó responder, pero una punzada le atravesó el pecho.
Respiró con dificultad. Algo definitivamente no estaba bien.
—Creo... —dijo con voz ronca—. Creo que me dieron la habitación equivocada...
Quiso dar media vuelta, pero no pudo. Sus piernas vacilaron.
Thaís reaccionó por instinto y avanzó para evitar que cayera al suelo.
Al sujetarlo por el brazo, sintió el calor que desprendía su piel. Era anormal.
—Está ardiendo —murmuró para ella.
Él cerró los ojos unos segundos, intentando recuperar el control.
—Necesito... ayuda. —susurró entrecortado, poniendo ahora especial atención en el cuerpo de la mujer que lo sostenía.
Un encaje blanco que la hacia ver inocente, pero a la vez tentadoramente sexy, unos pechos grandes que sobresalían del pequeño sujetador, unos labios rosa que él sabia que si besaba, se volvería adicto, ella era una diosa que no tenia comparación. Empezaba a envidiar al idiota que sería su novio, aunque eso estaba por verse.
Fueron aquellos sus pensamientos más sinceros y oscuros. Thaís entendió que le sucedia lo mismo que a ella, solo que lo de él era más extremo.
—Llamaré a un médico—dijo ella intentando alejarse, pero la mano del hombre la atrajeron hacia él con una fuerza posesiva. Sus ojos conectaron y ambos sintieron esa corriente eléctrica atraversarle el cuerpo.
Thaís tragó saliva sin desviar la mirada de los ojos oscuros del hombre que la tenía en sus brazos, pero tampoco queria alejarse. Es como si una fuerza invisible la obligara a quedarse allí y sin pensarlo ella misma dio ese paso.
Unió sus labios al desconocido, un impulso salvaje que rara vez ella sentía. El desconocido la miró fijamente a los ojos con sorpresa pero sin dejar de mirar sus labios.
—¿Estás segura de esto, cariño? —preguntó con voz ronca producto del deseo.
Thaís apenas asintió cuando el la levantó en brazo y la llevó hasta la cama.
El contacto con la cama avivó un fuego incontrolable. Theodore se deshizo del saco y la corbata con urgencia, atrapando los labios de Thaís en un beso hambriento. El calor del aceite aromático en la piel de ella y el narcótico en las venas de él eliminaron cualquier rastro de cordura.
Las manos grandes y posesivas de Theodore desgarraron prácticamente el delicado encaje blanco, dejando al descubierto sus pechos.
Thaís ahogó un gemido cuando él comenzó a morder y succionar sus pezones con ferocidad, haciéndola arquear la espalda sobre el colchón. Nublada por el deseo y una corriente eléctrica salvaje, ella enredó las piernas alrededor de la cintura de Theodore, guiándolo hacia su centro.
Cuando Theodore empujó, eliminando la barrera que lo tomó por sorpresa, el dolor agudo de la primera vez cortó el aire de la habitación, rompiendo por un milisegundo la pasión desenfrenada. Thaís tensó cada músculo de su cuerpo y clavó las uñas en la espalda de Theodore con un gemido ahogado de sorpresa y dolor, deteniendo el ritmo por completo.
Theodore se congeló a mitad de la embestida. La calidez estrecha, intacta y la resistencia inicial lo golpearon con la fuerza de un balde de agua fría, revelándole una verdad que no esperaba: estaba reclamando la virginidad de la joven bajo su cuerpo. El instinto de posesión se volvió oscuro, primitivo y abrumador. En lugar de detenerse, sus manos se cerraron con más fuerza en las caderas de ella, anclándola al colchón.
—Mírame, hermosa —gruñó él con voz ronca, pegando su frente a la de ella mientras sus ojos turbios se clavaban en los de Thaís—. Ya es tarde para volver atrás, cariño.
Esperó solo un segundo a que ella asimilara el dolor y se acostumbrara a su tamaño antes de retomar el movimiento, esta vez con una lentitud deliberada y pesada que estiraba cada sensación al límite.
El dolor inicial en el cuerpo de Thaís se transformó rápidamente en un calor abrasador.
Thaís, presa del deseo comenzó a balancear las caderas, buscando calmar el vacío que él llenaba por completo.
El ritmo se volvió rítmico, húmedo y despiadado. Theodore la levantaba del colchón con cada golpe, hundiéndose tan profundo que arrancaba de los labios de Thaís jadeos entrecortados.
La habitación se llenó del sonido de la piel chocando contra la piel hasta que él aceleró el paso, llevándolos al borde. Con un gemido ronco de él y un grito ahogado de ella, ambos se fundieron en un orgasmo violento que los dejó temblando y exhaustos.
Horas después, la cruda realidad de la madrugada despertó a Thaís.
Al moverse, el dolor físico entre sus muslos y las sábanas manchadas le recordaron con brutalidad lo que acababa de entregarle a un extraño.
El pánico y la culpa hacia Matteo la asfixiaron. Se levantó de la cama temblando, limpiándose de prisa antes de ponerse la ropa con lágrimas quemándole los ojos.
Antes de correr a la salida, vio la pequeña cámara en el mueble: todo el acto, incluida su primera vez, estaba registrado. Con manos torpes y desesperadas, guardó la cámara en el bolso y huyó al pasillo, cerrando la puerta detrás de sí antes de que Theodore abriera los ojos.