Mundo ficciónIniciar sesiónEl dolor de cabeza golpeó a Theodore Lockhart antes de que lograra abrir los ojos. Su mente, usualmente una máquina fría y precisa de negocios, tardó varios segundos en reaccionar.
Cuando finalmente levantó los párpados, la luz del sol de la mañana hería sus ojos. Se incorporó en la cama, apoyando los codos en las rodillas. Fue entonces cuando sintió el aroma. No era el olor genérico a limpio de las sábanas del hotel. Era una fragancia cálida, envolvente, con un sutil toque dulce que de inmediato activó las alarmas en su memoria. Los fragmentos de la noche anterior regresaron en tropel: la reunión agotadora, el trago que alguien debió adulterar, la suite equivocada... y ella. Theodore giró la cabeza con rapidez hacia el otro lado de la cama. Estaba vacío. Pasó la mano por la sábana de seda. Estaba fría, lo que significaba que ella se había marchado hacía horas. Sin embargo, al retirar la manta, un detalle en el centro de la cama hizo que su respiración se detuviera por completo. Una pequeña mancha de sangre, ya seca, marcaba el tejido blanco. Theodore se quedó inmóvil, mirando la evidencia en silencio. Los recuerdos difusos de la noche cobraron una nitidez brutal. Su estrechez, el gemido de dolor que él mismo se había encargado de apagar con sus labios, la resistencia inicial antes de poseerla... Ella era virgen. Lejos de enfurecerse o preocuparse por el enredo de la noche anterior, una chispa de profunda curiosidad se encendió en sus ojos oscuros. Una sonrisa lenta y peligrosamente ladeada apareció en sus labios. Aquella mujer misteriosa e inocente había entrado en su espacio, le había entregado su primera vez bajo el efecto de una droga y luego había huido como un fantasma en la madrugada, creyendo que podría desaparecer sin más. Le gustaba el juego. Y le gustaba aún más el desafío. Se levantó de la cama sin prisa, con una tranquilidad felina, y caminó hacia el teléfono de la suite mientras se pasaba una mano por el cabello desordenado. Marcó directamente el número de su jefe de seguridad personal. El tono no llegó a sonar dos veces antes de que respondieran. —Señor Lockhart, buenos días. —Necesito que subas de inmediato. Colgó la llamada. Unos minutos más tarde el jefe de seguridad ya estaba buscando la suite, pero estaba vacía. Gracias a una camarena pudo descubrir en donde se encontraba. Cuando entró, ya Theodore estaba dando las órdenes. —Quiero las grabaciones de seguridad de mi piso y del vestíbulo desde la medianoche hasta las seis de la mañana —ordenó Theodore, con una voz suave, arrastrada y cargada de una peligrosa anticipación—. Tuvimos una visitante en mi suite. Averigua quién es ella. —Entendido, señor. Me encargo de inmediato. Pero…. —el jefe de seguridad Cooper se quedó pensativo. No sabía como decirlo. Theodore frunció el ceño. con una leve molestia le preguntó: —¿Pero qué? Cooper tragó seco antes de responder. —Esta no es su suite, señor. Theodore observó el lugar. Cooper le tendió la tarjeta automática y ahi entendió todo. —Maldición —murmuró entre dientes aprentando la mandíbula. —¿Quiere que la encuentre aún así? —preguntó Cooper Theodore dejó escapar una sonrisa ladeada y asintió —Por supuesto que sí, esa pequeña huraña no va a escapar de mí tan fácilmente —susurró recordando la apasionante noche que tuvo al lado de ella. Theodore se levantó y se acercó al gran ventanal, mirando la ciudad desde las alturas mientras su sonrisa se ampliaba. Quienquiera que fuera su pequeña cenicienta, acababa de dejar una marca imposible de borrar, y él no iba a detenerse hasta volver a tenerla bajo su cuerpo. Necesitaba respuestas. Y estaba dispuesto a remover la ciudad entera para encontrarlas Mas tarde Thaís habia llegado a su departamento hecha un manojo de nervios, el departamento en que vivia lo compartia con Renata, su mejor amiga. Entró tan apresurada que no notó que en la sala se encontraba el abrigo que le habia regalado a Matteo el dia de su cumpleaños. Thaís camino hasta su habitación, pero en el pasillo fue detenida por renata que sali de su habitación con muy provocadora pijama. —¿A donde tan nerviossa, traviesa? —canturreó ella, pero su voz se sintió para Thaís algo falsa. Thaís intentó sonreír y negó lentamente. —Voy a darme un baño, perdón por despertarte. Renata sonrió, una sonrisa que no llegó a sus ojos. —¿Y Matteo se quedó toda la noche contigo?—preguntó con intención. Thaís se tensó. —Él… Matteo nunca llegó—susurró con la voz quebrada. Renata se acercó a ella y con falsa amabilidad la tomo de las manos. —¿En serio? Que imbécil. ¿Y por que no llegaste anoche mismo? Thaís soltó su mano y la guardo dentro de su abrigo. No podia dejar que viera como temblaban sus manos. —No quiero hablar de eso ahora, Renata. Estoy agotada. —respondió desviando la mirada. Renata escondió una sonrisa. —Entiendo. Te dejo, me estoy divirtiendo ahora mismo. —le dijo con un guiño antes de volver a su habitación y encerrarse. Thaís dejó escapar el aire que no sabia que había retenido. Entró a su habitación y caminó hasta su baño y se dio una ducha fría. Por más que el agua fría recorriera su cuerpo, no conseguía borrar el recuerdo de aquellas manos sujetándola con firmeza. Cerró los ojos con fuerza, avergonzada de que una parte de ella siguiera recordando aquella noche con una intensidad que no quería admitir. Eso era lo peor, había entregado su virginidad a un desconocido. ¿Cómo iba a arreglarlo, qué le diría a Matteo? —¿Qué fue lo que hice? —susurró mientra el agua helada caía sobre su piel junto a las lágrimas. No podia decirle a nadie, no aún. Ni siquiera a Renata. Salió envuelta de una toalla y se miró al espejo. Su cuerpo aun tenía marcas de sus manos grandes y de esos labios llque la hicieron perder la razón. Movió la cabeza y las lágrimas volvieron a inundar su rostro. Era la peor de las mujeres, no merecía a Matteo. No lo merecía. El teléfono vibró sobre la mesita de noche. Matteo. "Buenos días, amor. Perdón por no haber podido llegar anoche. Necesito verte". Thaís sintió que el aire abandonaba sus pulmones, cerró los ojos. Ya no sabía qué era peor. Contarle la verdad... O mirarlo a los ojos y fingir que nada había ocurrido.






