Alina
Damon está frente a mí, una silueta oscura e imponente. Camina con paso fluido, sus músculos tensos bajo su camisa negra. Su respiración es calma, controlada, pero siento la rabia que hierve bajo su piel.
— No estás obligada a venir, dice sin volverse.
— No me digas eso, Damon, replico, la voz afilada. Sabes muy bien que no me quedaré atrás.
Se detiene bruscamente y se vuelve hacia mí. Sus ojos dorados brillan en la oscuridad, penetrantes, incisivos.
— Si Adrian te toca…
— No me tocará, l