Adrián sentía que estaba perdiendo el control de lo que ocurría, y eso no le gustaba en absoluto. Quería entender en qué momento había cometido un error, dónde había calculado mal, para poder accionar la palanca adecuada y volver al punto de partida.
Al principio todo marchaba según el plan. Incluso lo invadió cierta emoción, porque Eva se resistía —instintivamente, por pura intuición— y resultaba aún más interesante doblegarla. Hacía tiempo que no le ocurría algo así. Basta recordar la cena en