En la penumbra de la bodega, la luz tenue proveniente de una bombilla oscilante apenas iluminaba los rostros de los dos individuos que se encontraban allí. La mujer, con su rostro oculto tras una máscara de desconfianza, observaba al hombre que había contratado para llevar a cabo el trabajo sucio. Él estaba de pie, con la mirada fija en una computadora portátil, tecleando furiosamente. Las líneas de código pasaban tan rápido que apenas se podían distinguir.
—¿Estás seguro de lo que estás dicien