En la bodega, una figura se movía entre monitores y líneas de código, su rostro iluminado únicamente por el brillo de las pantallas. Las pulsaciones en la terminal indicaban que el ataque estaba en marcha. Cada segundo que pasaba era un golpe más en la seguridad de la empresa de José Manuel y, de manera más intensa, en los sistemas de Eliana.
El hacker, un hombre de rostro serio y mirada afilada, apenas pestañeó cuando la puerta tras él se abrió. Sus dedos no dejaron de moverse sobre el teclado