José Manuel llegó a casa con el rostro desencajado, los ojos enrojecidos por la furia y la impotencia. Las manos le temblaban sobre el volante, y aunque había conducido todo el trayecto en silencio, su mente era un torbellino de imágenes, recuerdos y dolor. Aparcó el auto frente a la entrada, bajó sin decir una sola palabra a los hombres que lo esperaban, y subió con pasos pesados, como si cada escalón cargara con el peso de la traición que acababa de confirmar.
Eliana estaba en la sala, acaric