La casa estaba en silencio, como si el tiempo hubiera hecho una pausa para que solo ellos dos existieran. José Manuel caminaba de un lado a otro con las manos en los bolsillos, mientras Eliana lo observaba desde el sofá. Habían pasado horas desde aquella impactante revelación, desde que los hilos sueltos de un pasado confuso comenzaron a trenzarse hasta formar una verdad que, aunque dolorosa, era también hermosa: Samuel era su hijo. De ambos.
—Todavía siento que estoy soñando —murmuró José Manu