La noche estaba en calma, de esa que parece suspendida en el tiempo. Desde el pequeño jardín trasero, apenas iluminado por una lámpara cálida en la pared, Eliana observaba el cielo despejado. Las estrellas parecían más cercanas esa noche, como si hubieran descendido un poco para abrazar el silencio que tanto necesitaba. El viento jugaba con la bata ligera que llevaba puesta, y sus brazos cruzados sobre el pecho no eran por frío, sino por costumbre. Por protección.
Cerró los ojos por un instante