José Manuel estacionó el auto a una distancia prudente de la casa de Eliana, pero la inquietud no le permitió quedarse dentro por mucho tiempo. Sin pensarlo demasiado, bajó y caminó con paso sigiloso hasta una de las ventanas laterales. Sabía que no debía estar ahí, que había prometido mantenerse alejado, pero la necesidad de ver a su hijo fue más fuerte que su orgullo.
Se asomó con cautela y lo que vio lo dejó sin aliento.
Samuel estaba sentado a la mesa, riendo con una alegría que no había mo