El eco de la última palabra vibrando en la bocina de mi teléfono me dejó helada, con los dedos entumecidos alrededor del aparato. «Él es mío». La amenaza seguía flotando en el aire denso de la calle, pero guardé el celular en mi bolso antes de que Cristian se diera la vuelta. Sentía las pulsaciones en la garganta, un tamborileo desbocado que no sabía si era por el miedo a ser descubierta o por el recuerdo fresco de sus labios devorando los míos en el sofá. Me subí al asiento del copiloto de su