Amanda se quedó con la boca y los ojos abiertos más de lo normal, quedó quieta, tiesa, escuchando aquella historia como si cada palabra le cayera encima con el peso de una piedra.
No hacía falta ser brillante para entenderlo.
La mujer de la historia era ella.
Y los dos hermanos, Daniel y Ethan.
Aun así, su cabeza se negaba a procesarlo.
Todo sonaba tan ridículo, tan