No hay tiempo qué perder.
A la mañana siguiente, Amanda despertó con la sensación de que el cuerpo no terminaba de pertenecerle.
Había dormido, sí, pero a tirones, mal, como si en lugar de descansar solo hubiera cerrado los ojos mientras el miedo seguía despierto dentro de ella.
Cada vez que abría los párpados, tardaba un segundo en reconocer el techo, la habitación, el olor limpio de su casa. Y ese segundo bastaba para que el pecho se le apretara con fuerza, porque d