Está a salvo.

Amanda por fin levantó las manos temblorosas como pudo, mostrando las muñecas castigadas por el metal.‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎

Por dentro se moría de miedo.‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎

No era un miedo limpio, fácil de nombrar. Era una mezcla asquerosa de agotamiento, dolor y ese terror animal que aparece cuando el cuerpo entiende que todavía no está fuera de peligro.‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎

Si ese hombre se equivocaba, si el dedo se le iba apenas un poco, si el susto le jugaba una mala pasad
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