No dormí bien después de aquella llamada.
Ni yo.
Ni Sebastián.
Aunque intentó actuar con normalidad cuando volvió a dejar el teléfono sobre la mesita de noche, algo había cambiado.
Lo sentí inmediatamente.
Quizá porque después de tantos meses juntos había aprendido a reconocer los silencios que intentaba esconder.
O quizá porque aquella vez ni siquiera hizo el esfuerzo de ocultarlo.
Se quedó despierto durante horas.
Mirando el techo.
Pensando.
Y cuando finalmente me venció el sueño, la última i