Inicio / Romance / El matrimonio pactado del millonario oscuro / CAPÍTULO 28 — Preparando un juramento sin condiciones
CAPÍTULO 28 — Preparando un juramento sin condiciones

El sol se filtraba entre las hojas de los árboles del jardín cuando desperté, con una sonrisa que no podía borrar y el corazón latiéndome de emoción. La propuesta de Ethan seguía resonando en mi mente: renovar nuestros votos, sin papeles, sin tratos, sin condiciones. Solo nosotros, el amor que habíamos construido y la verdad de lo que sentíamos ahora. Era como empezar de nuevo, pero con la ventaja de saber que ya no teníamos que fingir nada. Todo era real. Todo era nuestro.

Bajé las escaleras y lo encontré en la cocina, sirviendo café, con esa calma que siempre tenía pero con un brillo especial en la mirada al verme entrar. Se acercó y me tomó la cara entre sus manos antes de que pudiera decir nada, besándome despacio, como si cada mañana quisiera recordarme que me elegía de nuevo.

—Buenos días, mi futura esposa —susurró contra mis labios, y esas palabras, dichas sin prisa y con toda la sinceridad del mundo, me hicieron temblar de felicidad.

—Buenos días —respondí, abrazándolo con fuerza—. ¿De verdad lo vamos a hacer? ¿De verdad vamos a decirnos todo lo que sentimos, sin nada que nos obligue?

—De verdad —confirmó, acariciándome la espalda—. Aquel día firmamos un papel. Ahora vamos a firmar el corazón. Y ese juramento no tiene fecha de vencimiento.

Poco después llegó Mariana, con una libreta en la mano y una energía renovada, como si ella también estuviera esperando este momento toda la vida. Se sentó con nosotros en la mesa del porche y empezó a hablar con entusiasmo, anotando cada idea que se nos ocurría.

—Será pequeño —decía, pasando las páginas de su libreta—. Solo nosotros, tu padre, algunas personas cercanas. Nada de grandes fiestas ni lujos innecesarios. Lo importante no es lo que se ve, sino lo que se siente. Y lo vuestro no necesita adornos.

—Exacto —dije, mirando a Ethan—. Quiero que sea sencillo. Que sea nosotros. Sin tratos, sin deudas, sin miedos. Solo amor.

—Entonces lo hacemos en el jardín —propuso él—. Donde plantamos las rosas. Donde todo empezó a cambiar de verdad. Allí, bajo los árboles que nos vieron reír y llorar, nos diremos todo lo que llevamos dentro.

Durante los días siguientes, cada momento libre lo dedicamos a prepararlo todo, no como una obligación, sino como una celebración de lo que éramos. No compré un vestido nuevo: elegí uno que ya tenía, de color claro y suave, porque sentí que representaba mejor quién era ahora. Ethan tampoco quiso traje: dijo que se pondría algo cómodo, como siempre, porque no necesitaba impresionar a nadie. Solo necesitaba ser él mismo, conmigo.

Mariana, por su parte, se encargó de cada detalle pequeño con una dedicación que me conmovía profundamente. Recogió flores del jardín para hacer ramos, preparó la mesa con manteles sencillos y puso velas que encenderíamos al atardecer. —Esto es lo que siempre quise hacer —me dijo una tarde, mientras atábamos tallos de rosas con cintas—. Preparar algo hermoso para mi hijo. Verlo feliz. Y tú me diste la oportunidad de hacerlo. Gracias, Lía. Por dejarme formar parte de esto.

—Gracias tú —le respondí, abrazándola—. Por abrir tu corazón. Por perdonar. Por ser familia.

Una noche, mientras caminábamos por el jardín, Ethan se detuvo frente al rosal que habíamos plantado juntos y me tomó de las dos manos. La luz de la luna caía sobre nosotros, suave y clara, como si también ella quisiera escuchar lo que íbamos a decirnos.

—He estado pensando en lo que te voy a decir —empezó, mirándome con esa intensidad que siempre me detenía el aliento—. Y no quiero preparar un discurso bonito. Solo quiero decirte la verdad. La que descubrí poco a poco, gracias a ti. La que me da miedo decir en voz alta porque es demasiado grande para mis palabras, pero que voy a intentar de todos modos.

—Dime lo que sientas —le pedí, apretando sus manos—. Yo escucho todo. Siempre.

—Cuando entraste a mi despacho aquel día —continuó, con voz suave pero firme—, pensé que te estaba comprando. Creí que el dinero podía comprar todo, incluso una esposa. No sabía que en realidad estaba comprando mi propia salvación. No sabía que la mujer que había aceptado casarse conmigo por deuda se convertiría en la razón por la que yo quería ser mejor persona. No sabía que tu risa sería el sonido que más esperaría escuchar cada día. No sabía que tu mano en la mía sería mi refugio cuando todo se me caía encima. Y ahora que lo sé, ahora que lo siento con cada latido, quiero decírtelo sin miedo: te elegí ayer, te elijo hoy y te elegiré cada día que me quede de vida. No porque tenga que hacerlo. Sino porque no puedo imaginarme un solo día sin ti.

Las lágrimas me rodaron por las mejillas antes de que pudiera detenerlas, pero no eran lágrimas de tristeza. Eran lágrimas de reconocimiento, de gratitud, de amor tan grande que dolía en el pecho. Me acerqué más a él y le respondí con la voz temblorosa pero segura:

—Yo entré a tu despacho dispuesta a sacrificarme por mi familia. Creí que estaba vendiendo mi futuro, mi libertad, mi corazón. No sabía que en realidad estaba caminando hacia mi hogar. No sabía que el hombre frío y solitario que me miró desde su escritorio tenía dentro de sí un corazón capaz de amar con tanta fuerza. No sabía que tú me enseñarías que el amor no es una prisión, sino el lugar donde uno es más libre. Y ahora que lo sé, te digo con toda mi alma: te acepto, Ethan. Con tu pasado, con tus heridas, con tu luz y tu oscuridad. Te elijo a ti, tal como eres. Y te prometo que nunca más tendrás que estar solo. Porque yo estaré aquí. Siempre.

Nos besamos entonces, bajo la luna y entre las rosas que empezaban a florecer, y ese beso no necesitaba palabras. Era la confirmación de todo lo que habíamos dicho. Era el comienzo de algo que no tenía fin. Era nosotros, por fin, sin barreras, sin muros, sin nada que nos separara.

Los días pasaron volando entre preparativos y sueños. La editorial seguía creciendo, la casa de mi familia ya estaba restaurada, Mariana encontraba su lugar entre nosotros y el jardín estaba lleno de colores y aromas nuevos. Todo parecía estar en su sitio, como si el universo mismo hubiera estado esperando este momento para alinearlo todo.

La noche anterior a la ceremonia, me quedé mirando por la ventana, pensando en todo lo que había pasado desde aquel día en que entré temblando a un despacho. Cuánto había cambiado. Cuánto habíamos cambiado. Y sin embargo, algo me decía que esto era solo el comienzo. Que lo mejor no era lo que ya habíamos vivido, sino lo que aún nos esperaba, construido día a día, mano con mano, corazón con corazón.

Ethan se acercó por detrás y me abrazó, apoyando la barbilla en mi hombro. —¿En qué piensas? —preguntó suavemente.

—Pienso que somos afortunados —respondí, entrelazando mis dedos con los suyos—. Que a pesar de todo, de los errores, del miedo, de los años perdidos… nos encontramos. Y eso es un milagro.

—Es el milagro que tú hiciste —corrigió él—. Con tu paciencia, con tu bondad, con tu amor que no se rindió aunque yo te diera motivos para hacerlo. Tú me salvaste, Lía. Y mañana, frente a las personas que amamos, voy a decirlo en voz alta para que todo el mundo lo sepa. Te amo. Y nada va a cambiar eso. Nunca.

Me giré hacia él y lo miré a los ojos, viendo en ellos mi futuro entero. —Y yo a ti, Ethan. Mañana y siempre.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP