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CAPÍTULO 27 — La luz que se multiplica

La puerta de la editorial apenas había estado abierta una semana, y ya todo era diferente a como lo habíamos imaginado. No solo era un local lleno de libros y estanterías: era un lugar lleno de vida. Cada día llegaban personas nuevas, con carpetas bajo el brazo, con miedo en los ojos pero con esperanza en el corazón. Autores que nunca se habían atrevido a mostrar lo que escribían, gente que creía que su voz no importaba, jóvenes que soñaban con ver su nombre en una portada. Y cada uno de ellos se iba con una sonrisa, con una palabra de aliento, con la certeza de que aquí, al menos, alguien los escuchaba.

Esa tarde, estaba sentada en el mostrador, leyendo un manuscrito que me había llegado esa mañana, cuando Ethan entró. No lo escuché llegar, pero de pronto sentí sus manos sobre mis hombros, apretándome con suavidad, y su voz cerca de mi oído:

—Estás brillando —dijo, con esa admiración que siempre me hacía sentir la mujer más especial del mundo—. Cuando hablas con ellos, cuando lees sus páginas, cuando les dices que su historia vale la pena… hay una luz en ti que ilumina todo el lugar. No sabía que esto te haría tan feliz.

Lo miré y me levanté para abrazarlo, dejando el manuscrito a un lado. —Porque esto no es solo mi sueño, Ethan. Es el sueño de todos ellos. Yo sé lo que es sentir que nadie te escucha. Sé lo que es tener algo dentro que te quema y no saber si tiene valor. Y si yo puedo darles lo que tú me diste a mí… la oportunidad de ser escuchados, de creer en sí mismos… entonces todo esto tiene sentido. Más sentido que cualquier fortuna, cualquier título, cualquier cosa.

Me besó en la frente y me acarició la mejilla. —Tú no solo les das una oportunidad, Lía. Les das esperanza. Y eso es algo que el dinero no puede comprar. Estoy tan orgulloso de ti que a veces me duele el pecho.

Poco después llegó Mariana, llevando en las manos una caja de madera pequeña, tallada con flores y hojas, tan delicada que parecía hecha por manos de hadas. La colocó sobre el mostrador con cuidado, como si dentro llevara el corazón mismo de todo lo que estábamos construyendo.

—Esto es para aquí —dijo, mirándonos con una sonrisa tranquila—. Para que quien quiera dejar algo, un pensamiento, un fragmento de su historia, un deseo… lo escriba y lo guarde. Para que este lugar no solo guarde libros, sino también almas. Para que cuando alguien entre, sienta que no está solo. Que todos los que estuvieron antes dejaron algo para él.

La abrimos juntos. Estaba vacía, esperando, limpia y llena de posibilidad. Y esa misma tarde, la primera nota que se metió fue mía: Todo lo que crees que está perdido, puede renacer. Todo lo que te da miedo decir, merece ser escuchado. Y tú, seas quien seas, mereces brillar.

Los días siguientes trajeron sorpresas que nunca imaginé. Una mañana, entró una mujer mayor, con el cabello blanco y los ojos llenos de sabiduría, y me entregó un libro que ella misma había escrito a mano, con ilustraciones hermosas en cada página. —Lo escribí para mis nietos —me dijo—. Pero siempre soñé que alguien más lo leyera. Gracias por existir. Por hacernos sentir que no es demasiado tarde para nada.

Otro día fue un chico joven, apenas un adolescente, que no dijo casi nada, solo dejó su manuscrito y salió corriendo, rojo de vergüenza. Cuando lo abrí, encontré una historia tan valiente, tan profunda, que me hizo llorar. Y supe entonces que este lugar no era mío, ni de Ethan, ni de Mariana. Era de todos ellos. De cada persona que cruzaba la puerta con el corazón en la mano.

Una noche, ya cerrado el local, nos quedamos los tres sentados en el suelo, rodeados de cajas de libros y notas que la gente había dejado en la caja de madera. El silencio era cálido, lleno de todo lo que habíamos vivido en tan poco tiempo.

—¿Se dan cuenta? —dijo Mariana de repente, con voz suave—. Hace unos meses yo vivía sola, creyendo que mi vida ya no tenía sentido, que lo mejor había pasado. Ahora estoy aquí, con mi hijo, con la mujer que él ama, construyendo algo que ayuda a otros. Y siento que por fin estoy donde debí estar siempre.

—Yo también —dije, mirando a Ethan—. Si alguien me hubiera dicho, cuando entré temblando a tu despacho, que meses después estaría aquí, con una editorial, con mi casa recuperada, con una madre que me quiere… no lo habría creído. Y sin embargo, aquí estoy. Feliz. Completa. Amada.

Ethan tomó nuestras manos, una en cada una de las suyas, y nos miró con esa gratitud que siempre le nacía desde lo más profundo. —Yo era el hombre más rico y más vacío del mundo. Tenía todo y no tenía nada. Hasta que llegaste tú, Lía, y me enseñaste que el dinero no compra la felicidad, ni llena el vacío que uno lleva dentro. Tú me diste familia. Me diste perdón. Me diste un amor que no pide nada a cambio. Y ahora tengo todo. De verdad todo.

Se hizo un silencio hermoso, de esos que no necesitan palabras, porque todo ya se ha dicho con el corazón. Y entonces Ethan habló de nuevo:

—He estado pensando —dijo, mirándome con una chispa especial en los ojos—. Tenemos la casa, tenemos el jardín, tenemos la editorial… tenemos todo lo que necesitamos aquí. Pero hay algo que siempre quise hacer. Algo que nos una aún más, si es posible. Algo que celebre todo lo que somos.

—¿Qué es? —pregunté, sintiendo cómo mi corazón se aceleraba.

—Quiero renovar nuestros votos —dijo, tomando mis manos entre las suyas—. Sin papeles, sin tratos, sin condiciones. Solo nosotros, y las personas que amamos. Una ceremonia pequeña, en el jardín, donde nos digamos lo que sentimos ahora, no lo que nos obligábamos a decir entonces. Porque te elegí aquel día, sí. Pero te elijo mil veces más ahora, conociéndote, amándote, sabiendo todo de ti. ¿Quieres?

Las lágrimas se me llenaron los ojos de golpe, pero eran lágrimas de la felicidad más grande que había sentido en mi vida. Asentí sin poder hablar, y lo abracé con todas mis fuerzas, sintiendo que mi corazón iba a estallar de amor. —Sí, mil veces sí. Porque yo también te elijo. Cada día, cada hora, cada segundo. Te elijo a ti, Ethan. Y te elegiré siempre.

Mariana nos miraba con los ojos brillantes, sonriendo a través de sus lágrimas. —Entonces yo me encargo de todo —dijo con voz emocionada—. Será hermoso. Será perfecto. Porque ustedes se lo merecen más que nadie.

Esa noche, cuando nos fuimos a dormir, me acurruqué en sus brazos, escuchando el latido de su corazón, ese ritmo que ya conocía de memoria y que era mi música favorita.

—¿Sabes? —le susurré—. A veces me da miedo que todo sea un sueño. Que un día despierte y no estés. Que no tengamos nada de esto.

Me besó suavemente la cabeza y me apretó con más fuerza. —No es un sueño, mi amor. Es nuestra vida. Y es nuestra para siempre. Nada se lo va a llevar. Nadie nos lo va a quitar. Lo construimos con amor, y el amor es lo único que dura para siempre. Cierra los ojos y descansa. Mañana empieza algo hermoso. Y esta vez, lo hacemos todo bien. Desde el principio. Sin miedos. Sin deudas. Sin nada que nos separe.

—Te amo, Ethan —dije, cerrando los ojos, sintiéndome más segura que en ningún otro lugar del mundo.

—Y yo a ti, Lía. Hoy, mañana, y toda la eternidad.

Y mientras la noche caía sobre nosotros, supe que no importaba lo que viniera. No importaban los obstáculos, ni los días grises, ni las dificultades. Porque lo que habíamos construido era más fuerte que todo. Era real. Era sólido. Era nuestro. Y eso era suficiente. Más que suficiente. Era todo lo que siempre quise.

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