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CAPÍTULO 67 — El horizonte que apenas comienza

El murmullo de la casa, que hace apenas unas horas estaba llena de risas, música y la calidez de nuestra familia, había dado paso a ese silencio tranquilo, casi sagrado, de la mañana siguiente. El mural que Valentina había pintado en la entrada, con esas figuras que se daban la mano y sus colores vibrantes, seguía allí, custodiando nuestra historia como un recordatorio constante de que no habíamos llegado solos hasta aquí. Pero el sol que entraba por las ventanas ya no iluminaba una fiesta, sino un nuevo día común. Y, curiosamente, encontrar belleza en lo cotidiano, en ese café compartido y en la quietud de la mañana, era el reto más emocionante que habíamos enfrentado hasta ahora.

Ethan estaba en el despacho, pero esta vez la puerta no estaba cerrada con llave. No había documentos secretos que esconder, ni tensiones legales que nos separaran. Lo vi a través de la puerta entreabierta; estaba mirando un mapa grande de la ciudad, con el dedo apoyado sobre el sector donde Mateo estaba construyendo su barrio comunitario. Me acerqué en silencio, sintiendo el suelo de madera bajo mis pies descalzos, y le rodeé la cintura con mis brazos. Ethan dejó escapar un suspiro de alivio, una señal clara de que mi presencia era su ancla, incluso en momentos de calma.

—Estoy pensando en el siguiente paso —murmuró, sin apartar la vista del mapa—. No solo en la escuela de Mateo o en el proyecto de Elena. Estoy pensando en lo que sigue para nosotros.

—¿"Lo que sigue"? —pregunté, sonriendo contra su espalda—. ¿No te basta con la paz que hemos logrado? Me gusta esta vida tranquila, Ethan. Me gusta que no tengamos que pelear contra el mundo todo el tiempo.

Se giró en la silla para mirarme, con esa chispa de determinación en los ojos que me recordaba al hombre que conocí, pero ahora desprovista de toda dureza.

—La paz no es el final del camino, Lía. Es la base para construir algo más alto. Hemos dedicado mucho tiempo a sanar, a reparar lo que estaba roto, a demostrar que podíamos ser nosotros mismos sin un contrato de por medio. Ahora, creo que es hora de empezar a crear. No por necesidad, ni por deudas, ni por apariencias. Sino porque ahora podemos. Porque somos un equipo.

Esa tarde, recibimos una llamada que puso a prueba esa nueva filosofía. Era del consejo municipal; la antigua biblioteca central, un edificio histórico de estilo neoclásico que había sido abandonado años atrás y que guardaba los recuerdos de cientos de generaciones, estaba a punto de ser demolida para convertirla en un estacionamiento.

—Es un crimen —dijo Ethan, colgando el teléfono con una expresión de indignación pura—. Ese edificio tiene más historia que la mitad de los negocios de esta calle. La quieren tirar abajo porque no les resulta rentable mantener la estructura, dicen que es un gasto inútil.

Lo miré y supe exactamente qué estaba pasando por su cabeza. Antes, cuando Ethan Vane solo veía números y activos, probablemente hubiera sido el primero en comprar el terreno para hacer el estacionamiento. Ahora, sin embargo, veía el valor emocional, la importancia de preservar un legado para quienes vendrían después.

—No dejes que lo tiren —dije, sintiendo cómo esa vieja energía, la de los dos enfrentándonos al mundo, despertaba en mí.

—¿Lo hacemos juntos? —preguntó, poniéndose en pie con una rapidez que me hizo sonreír—. Como al principio, pero sin el contrato de por medio. Solo tú y yo, contra el sistema.

—Solo que esta vez —añadí, tomando su mano con firmeza—, no tenemos nada que perder. Y tenemos todo el amor del mundo para sostenernos si las cosas se complican. Además, tengo algunas ideas sobre cómo podemos presentar el proyecto para que la comunidad se una a nosotros. No podemos hacerlo solo como inversores; tenemos que hacerlo como ciudadanos.

Salimos de la casa con una energía renovada. Al subir al coche, me di cuenta de que no estábamos huyendo de nada ni corriendo hacia ninguna meta impuesta por terceros. Por primera vez en nuestra historia, éramos dueños absolutos de nuestro destino. Mientras el motor arrancaba, Ethan me dedicó una mirada rápida, llena de esa complicidad que habíamos forjado capítulo a capítulo, beso a beso.

—Prepárate, señora Vane —dijo con una sonrisa traviesa que iluminó todo su rostro—. Vamos a salvar otra pieza de esta ciudad. Y te aseguro que, después de esto, no volverán a subestimar nuestra capacidad de preservar lo que realmente importa.

El camino se abría ante nosotros, limpio y lleno de posibilidades. Sesenta y seis capítulos nos habían traído hasta aquí, habiendo superado traiciones, deudas, malentendidos y el miedo a abrirnos el uno al otro. Pero al ver el edificio de la biblioteca alzándose al final de la avenida, con su fachada de piedra desgastada por el tiempo pero aún majestuosa, supe que el capítulo 67 no trataba de lo que habíamos dejado atrás, sino de todo lo que aún podíamos cambiar.

Ya no estábamos escribiendo un contrato de matrimonio; estábamos escribiendo un testamento de vida. Y mientras sus dedos entrelazaran los míos, supe que no había muro, ley o edificio que pudiera interponerse entre nosotros. La aventura volvía a empezar, pero esta vez, con el corazón en paz.

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