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CAPÍTULO 68 — Voces de piedra y esperanza

La sala de juntas del ayuntamiento olía a café recalentado y a años de burocracia estancada. Las paredes, decoradas con retratos de alcaldes antiguos, parecían mirarnos con desdén mientras esperábamos a que el comité de urbanismo tomara asiento. A mi lado, Ethan mantenía la espalda recta, con una calma que dominaba la habitación, pero pude notar la tensión en su mandíbula. No era la tensión de un negocio que se iba a cerrar, sino la de alguien que estaba defendiendo algo que, de repente, se había vuelto sagrado.

—Señor Vane, señora Vane —dijo el concejal Sterling, un hombre de mediana edad que parecía ver el mundo a través de hojas de cálculo—. El proyecto del estacionamiento ya está aprobado. Demoler una biblioteca con goteras por un espacio para cien vehículos es una decisión lógica y financiera.

Ethan no esperó a que yo hablara. Se inclinó hacia adelante, apoyando sus manos sobre la mesa de caoba. Su voz, grave y precisa, resonó en la sala con una autoridad que hizo que el concejal dejara de mirar su reloj.

—La lógica financiera, señor Sterling, es a menudo la herramienta de quienes no saben medir el valor de lo intangible —dijo Ethan, y su mirada era tan afilada como el día en que lo conocí—. Ustedes ven una estructura de piedra que necesita reparaciones. Nosotros vemos un punto de encuentro para el barrio, una oportunidad de educar y un símbolo de que esta ciudad aún recuerda su propia historia. ¿Cuánto vale eso en su presupuesto? ¿Nada? Porque para mí, vale más que los ingresos de ese estacionamiento en diez años.

Sentí una oleada de orgullo al escucharlo. El hombre que una vez medía todo bajo la óptica de la rentabilidad, ahora estaba utilizando su influencia para salvar un espacio que no le daría ni un centavo de beneficio.

—Lía —me indicó Ethan con un gesto sutil, dándome la palabra.

Respiré hondo. Había preparado mis notas, pero al mirar a Sterling, decidí dejar el papel de lado.

—Concejal —dije, buscando conectar con su mirada—, he pasado la última semana hablando con los vecinos del distrito. No quieren más asfalto. Quieren un lugar donde sus hijos puedan leer después de clase, donde los ancianos tengan un refugio y donde la cultura no sea un lujo, sino un derecho. Si demuelen este edificio, no solo están quitando piedras; están rompiendo el corazón de una comunidad que ya ha perdido demasiado. La rentabilidad no se mide solo en dólares, se mide en la calidad de vida de las personas que votan y viven en esta ciudad.

El silencio que siguió fue denso. Sterling intercambió miradas con sus colegas. No esperaban que "los Vane" aparecieran allí, no para ganar dinero, sino para defender un edificio viejo. La influencia de Ethan, combinada con la visión humana que yo aportaba, estaba creando una grieta en su muro de indiferencia.

—Les daremos treinta días —dijo finalmente Sterling, cerrando su carpeta con un golpe seco—. Si logran presentar un plan de viabilidad técnica y una propuesta de financiación que no involucre fondos públicos, detendremos la demolición. Pero si fallan, las excavadoras entrarán el primer día del mes siguiente.

Cuando salimos al pasillo del ayuntamiento, el aire se sentía mucho más ligero. Ethan me rodeó con el brazo y me atrajo hacia él, besando mi sien con una ternura que contrastaba con la firmeza que había mostrado minutos antes.

—Treinta días —susurró contra mi cabello—. Es un plazo corto, pero es suficiente.

—¿Estás seguro de que podemos conseguir la financiación? —pregunté, sintiendo un nudo de nervios en el estómago.

—Lía, después de todo lo que hemos superado, ¿crees que el dinero va a ser nuestro mayor problema? —se rió suavemente, y ese sonido me devolvió la calma—. Tenemos los recursos, tenemos el plan y, lo más importante, tenemos a la gente de nuestro lado. Ahora que saben que no somos los "villanos" del sector inmobiliario, la comunidad se unirá a nosotros.

Mientras caminábamos hacia el coche, me detuve un instante y lo miré. Ethan Vane, el hombre que una vez me había comprado por un contrato de un año, ahora estaba dispuesto a invertir su tiempo y su nombre por una biblioteca olvidada. Las fronteras entre nuestro pasado y nuestro presente se habían borrado tanto que a veces olvidaba quiénes éramos al principio.

—¿En qué piensas? —preguntó, deteniéndose a mi lado.

—Pienso en lo mucho que hemos cambiado —dije, sintiendo la brisa fresca de la tarde—. Hace años, este edificio hubiera sido solo un activo en tu cartera.

—Hace años, yo era un hombre muy pobre, aunque tuviera mucho dinero —respondió con una sinceridad que me dejó sin palabras. Me tomó la mano y la entrelazó con la suya, apretándola con fuerza—. Ahora soy rico, Lía. Y lo mejor de todo es que no tengo que preocuparme por perder esta riqueza. Porque esta riqueza está aquí, conmigo.

El coche nos esperaba, pero no teníamos prisa. El sol empezaba a ponerse, tiñendo el cielo de tonos violetas y naranjas sobre los edificios de la ciudad. Por primera vez, no sentí que estuviéramos luchando por sobrevivir, sino construyendo un legado. Y mientras lo observaba, supe que estos treinta días iban a ser los más intensos de nuestras vidas, pero no me asustaba. Porque mientras él estuviera a mi lado, cada batalla, cada esfuerzo y cada sueño, valdría la pena. Nuestra historia no solo continuaba; estaba tomando una dirección que jamás hubiéramos imaginado.

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