El hospital donde Alessia fue ingresada tras su colapso en el cementerio era privado, pero para ella se sentía como una celda de cristal. Durante cuarenta y ocho horas, su cuerpo luchó contra la hipotermia y la deshidratación, pero su mente ya había ganado la guerra. Cuando abrió los ojos, no había lágrimas. Sus pupilas eran dos pozos de odio puro, fijos en el techo blanco.
Una enfermera entró en la habitación, pero Alessia la detuvo con una mirada que hizo que la mujer retrocediera un paso.
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