El aire en la habitación 402 del Hospital Central de Madrid era pesado, cargado con el olor metálico de la sangre y el aroma clínico del olvido. Alessia Valerón estaba recostada contra las almohadas, pero no descansaba. Sus ojos, antes brillantes y llenos de una vitalidad caprichosa, ahora eran dos esquirlas de cristal verde, gélidas y fijas en el monitor cardíaco que marcaba el ritmo de una vida que ella ya no deseaba reconocer como propia.
Habían pasado cuarenta y ocho horas desde que el médi