El silencio en el pasillo duró solo unos segundos, pero para Mariana y Noah se sintió como una eternidad. Luego, el mundo volvió a girar —los estudiantes empezaron a murmurarse entre sí, algunos se fueron con la boca abierta, otros se quedaron mirando con ojos de incredulidad. Pero Mariana no les hizo caso: solo veía a Noah, que todavía la sostenía la mano, con esa sonrisa sincera que le había robado el aliento.
—Tienes clase de historia en cinco minutos —dijo Noah, mirando su reloj de pulsera