El estallido sónico dejó a Julian Cavallaro aturdido, con los oídos sangrando y la visión doble. Mila, que había previsto el impacto, rodó por el suelo alfombrado del casino y, con la agilidad de quien ha pasado su vida huyendo de las sombras, se abalanzó sobre él antes de que recuperara el equilibrio.
No buscaba m@tarlo. Buscaba el anillo de sellado que Julian llevaba en el dedo anular, una pieza de platino que no era joyería, sino una llave biométrica de proximidad.
—¡Suéltame, m@ldita f@lsif