Ameline no pensó que Seth fuera a visitarla también esa noche.
Lo recibió boquiabierta, enfadada, indignada.
—¿Qué haces aquí? ¿Crees que te aceptaré en mi cama de nuevo? —preguntó con asco.
Él suspiró.
—Tal vez.
—¡Pues no! —Quiso cerrar la puerta con fuerza en su cara, pero él la frenó con el pie y luego la abrió con la mano. Ella gruñó, dándole la espalda y cruzando los brazos—. ¡No pienso volver a dejar que me toques!
—No vine aquí para eso, Ameline…
—Sí, claro, pervertido infeliz hormona