El avión aterrizó suavemente en el aeropuerto de Yucatán, el zumbido de los motores desvaneciéndose mientras las puertas se abrían, dejando entrar una brisa cálida y salada que olía a mar.
Ameline fue la primera en bajar, sus ojos brillando con emoción mientras pisaba la rampa, el sol de la mañana golpeándole el rostro con una calidez que nunca había sentido en la mansión.
Nataniel la siguió, su cámara nueva en mano, sacando fotos a todo lo que veía: las palmeras que se mecían al viento, los