Al día siguiente, Ameline se sintió muy desanimada como para ir a la playa, pero cuando Kato llegó a golpearle la puerta, ella recordó que estos quizás serían los últimos días a su lado y se obligó a alistarse y salir.
Cuando Kato le palmeó la cabeza y le hizo una broma de ser una dormilona, Ameline no se contuvo y lo abrazó.
—Oye… ¿y ahora qué tienes, niñita?
Ameline negó con la cabeza.
—Nada, vamos a la playa.
El grupo se dirigió a la playa bajo el sol de la mañana, esta vez sin la pre