No la voy a perder

El sedan negro se detuvo a casi un kilómetro del terreno, oculto detrás de una hilera de contenedores oxidados al borde de la carretera. El sol ya estaba cayendo, tiñendo todo de naranja y rojo sangre, y el aire olía a metal caliente y polvo viejo.

Seth sintió que el corazón le daba un vuelco al ver el lugar: un terreno enorme, lleno de almacenes abandonados, techos hundidos, ventanas rotas y pilas de chatarra que parecían laberintos que podrían ser útiles para esconderse… o para emboscar.

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