El silencio en el auto era denso, casi tangible, mientras Seth conducía de regreso a la mansión.
Ameline miraba por la ventana, sus manos apretadas en su regazo, el calor del beso aún quemando en sus labios.
Cada tanto, sentía los ojos de Seth deslizarse hacia ella, pero no se atrevía a mirarlo, temiendo que un solo cruce de miradas volviera a encender esa chispa que apenas habían logrado apagar y que aún la hacía sentir como una idiota.
El motor zumbaba suavemente, y las luces de la ciudad