El sol de la mañana del domingo bañaba la cafetería con una luz cálida, filtrándose a través de las grandes ventanas y reflejándose en las mesas de madera pulida. El aroma a café recién molido y croissants calientes llenaba el aire, mezclado con el murmullo de conversaciones y el tintineo de tazas.
Ameline, Prissy, Marta y Laura estaban sentadas en su rincón habitual, una mesa redonda cerca de la ventana, con un periódico abierto frente a ellas.
Las demás tristemente no habían podido ir por es