El llamado de la sangre
El llamado de la sangre
Por: Annie Löwe
Capítulo I

Las rocas saltan cuando las ruedas pasan sobre ellas.

Con los labios apretados, jugueteo con mis dedos. Observo a la mujer frente a mí con la cabeza cubierta con una tela gruesa y vieja. Cabizbaja, me muevo un poco y enfoco mi vista en el largo camino de tierra. Los árboles le dan la bienvenida a un inmenso bosque, los caballos resoplan y el hombre que los guía está sumido en sus pensamientos.

Regreso la mirada a mis pálidas manos con algunas manchas casi naranjas.

Arrugo las cejas.

¿De verdad no soy capaz de recordar quién soy?

Si no fuera por estas personas condescendientes y bondadosas, en este instante seguiría en medio de la nada a duras penas cubriéndome con los brazos y estando enlodada sin saber qué hacer o cómo sobrevivir.

Me arrastré hasta llegar a un sendero bordeado de largos arbustos y descansé mi maltrecho cuerpo contra un tronco caído. Como no pude levantarme para huir, pues pensé que eran malhechores, dejé que me levantaran y me preguntaran qué me pasaba. La mujer me tendió su mano, me cubrió con su cuerpo y buscó en su bolsa de lona un vestido que ajustó a mi anatomía con algo de intensidad. Su marido, avergonzado y de espaldas, me cuestionó por qué estaba sola en un lugar donde suele haber bandidos. Confundida, intenté hilar algunas palabras, pero nada salió de entre mis labios. No sé por qué ni con qué intenciones decidieron traerme consigo.

Ella me sonríe mientras trenza su cabello.

—¿Ya puedes hablar? —Sacudo la cabeza. Su expresión cambia, pero sonríe para ocultarla—. Seguro podrás dentro de poco.

Su marido se vuelve unos segundos para brindarme una sonrisa.

—No temas, no somos malos.

Lo contemplo.

Sintiéndose intimidado, carraspea y regresa la atención al frente.

Sé que puedo confiar en ellos, algo me lo afirma. Ambos están a unos pasos de entrar a la vejez, aunque se conservan muy bien. Asimismo, sé que son campesinos por sus fachas, humildes y raídas. Seguro estamos de camino a su granja y tal vez tengan hijas que puedan prestarme un vestido mejor.

Me echo para atrás por la sorpresa.

Más allá de altos pinos, se divisan unos muros grisáceos. Las aves pasan por encima de ellos sin dificultad, ya que no pueden medir más de veinte metros. Con las cejas más arrugadas que antes, me inclino sobre la carreta para escrutar mejor esa arquitectura.

—¿Qué es eso?

Pongo mis manos sobre mi pecho, anonadada porque por fin hablé.

La mujer, sonriente, se acerca.

—Es la ciudadela —contesta con la mirada ausente.

—La… ¿la ciudadela?

Asiente.

—Ahí viven los nobles —habla esta vez su marido.

—Pero ¿por qué está rodeada de muros? —inquiero, entrecortada.

Él tensa las cuerdas que tiran de los caballos. Su expresión se vuelve frívola. Se acomoda el sombrero de paja y mastica con más fuerza el pedazo de trigo que adorna su boca.

—Muchacha, ¿acaso eres una fugitiva? —espeta con voz dura.

Su mujer se aleja y se pone a su lado, alarmada.

Dejo caer el mentón. ¿Fugitiva? Ni siquiera puedo saber por qué estaba enlodada y con la ropa hecha jirones. Ingiero saliva.

—Si le soy sincera, señor, no recuerdo por qué estaba allí ni mucho menos quién soy.

La señora suelta un gritito de angustia.

—¿Será que ellos…?

—No —la corta.

—¿Qué hay tras esos muros? —insisto.

La mujer, más preocupada que antes, regresa y cubre mis manos con las suyas.

—Chupasangres.

—Son viles, muchacha —comenta él con el rostro ladeado sobre su hombro—. Nos gobiernan. Se creen nuestros reyes, así que también creen que podemos ser un ganado más. Verás, mensualmente debemos ir a unas instalaciones donde nos sacan dos litros de sangre. Si no vamos, sabrán los dioses qué nos harían.

—Empiezas a dar tu sangre a partir de los diez años. Sí, una edad muy temprana —continúa ella con rabia—. Lo bueno es que no les sacan tanta sangre como a nosotros, quizás unos doscientos mililitros. Es sangre de primera, eso sí. Si escapaste de ellos y te golpearon hasta el punto de dejarte sin recuerdos, es muy probable que hayan creído que moriste y te dejaron allí para que los buitres te comieran. En tal caso, es un milagro que estés viva. No tienes heridas profundas, es más, estás casi intacta…

—Tal vez te dieron un golpe en la cabeza —añade él—. Tal vez no se tomaron el poco tiempo que conlleva el revisar tus signos vitales, aunque eso fue a tu favor, ya que, mírate, pudiste huir.

—¿Y si no hui? —balbuceo—. ¿Y si…?

—Alégrate de estar viva, muchacha, y de haber sido hallada por nosotros. Estamos en contra de esta tiranía. Somos un grupo pequeño subversivo que hace lo posible por derrocarlos —manifiesta al dejar de arrear a los caballos y se gira del todo—. Soy Marcus.

—Y yo soy su esposa, Joanne.

Dejo caer los hombros sin procesar aún la manada de información que me acaban de soltar. Es más, ¿por qué decirme que son unos si aún no saben mis verdaderas intenciones o mis antecedentes? Nadie en su sano juicio suelto algo de esa magnitud y más con alguien que a duras penas puede hablar.

—No te preocupes, no te expondremos. Antes tienes mucha suerte de dar con nosotros, por así decirlo.

—Joanne tiene razón, muchacha. Haremos lo posible para ocultarte de ellos.

Un nudo sofoca mi garganta.

Si soy una fugitiva, así como ellos afirman, esos chupasangres posiblemente aún me buscan. No sé las razones y quizá me tarde en saberlas, pero de algo sí estoy segura: no puedo dejar que me vean. De algún modo, una sensación cándida y extraña se alojó en mi pecho desde que separé los párpados para ser cegada por cierto tiempo por el sol. Esa sensación prevalece y se hace dueña de mi corazón. Si no fuera por ese cosquilleo, me hubiese tirado de la carreta al presentir cualquier cosa que no me cuadrara. Sin embargo, fue tanta mi sorpresa al sentirme a salvo con Joanne y Marcus. Ese sentimiento anudado a una estupefacción a carne viva no dejó que el nerviosismo ponzoñoso me apuñalara para desconfiar de ellos.

Sé que no es suerte ni algo semejante el que esté ahora acompañada por dos personas en contra de un sistema opresar, es algo más. Dudo mucho también que sea el destino.

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