La subasta avanzaba a un ritmo constante y sofisticado. Desde nuestros asientos en la primera fila, el espectáculo era fascinante, no solo por la calidad de las piezas que se presentaban en el escenario, sino por la sutil guerra de egos que se libraba en el salón. Cada vez que el subastador anunciaba una nueva obra, las paletas de los postores se levantaban con una rapidez que delataba la urgencia de la alta sociedad por poseer estatus.
Yo estaba completamente absorta en el evento. Más allá del