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Era amargo para Adalia haber escuchado a Derek pronunciar las mismas palabras que en su carta ella había escrito.
Ambos estaban destinados a ser una tragedia, lo eran desde ya.
Aquellos, eran pensamientos particulares para una muchacha que se encontraba arrojada en la parte trasera del asiento de un carro en el que la habían obligado a estar.
Por sus ojos se destilaba su alma en forma de gotas.
No tenía el vigor suficiente para intentar nada que la liberara del que parecía que sería su destino.