EPILOGO II

La lluvia no cesaba. Cada vez era mucho más atronadora, le daría miedo, pero cuando estaba al lado de Chad, nada tenía el suficiente poder de aterrarla, al menos no hasta el grado en el que se perdiera en sí misma como le había pasado en anteriores ocasiones, en su casa, en aquella que compartía con su madre y hermanos… en la cual no se sentía cómoda por alguna razón.

Adalia se sentó en el sofá del hombre, mirándole desde los pies hasta la cabeza. Él se asomó por la ventana.

—Los noticieros dij
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