La grieta en el techo del templo dejaba entrar una luz tenue, pero viva. El murmullo de la oración de Ulva resonaba como un eco antiguo, reverberando en cada piedra, como si el templo mismo sintiera el poder que despertaba en ella. De pronto, el suelo vibró. Cael se puso de pie, con la daga en alto. Selene se tensó, los ojos entrecerrados. Las tres hechiceras interrumpieron su canto, como si algo fuera de su control se hubiera activado. La marca de Ulva brilló con un destello cegador. Un víncul