La Torre de Hojas respiraba, literalmente. Las raíces vivas que la sostenían vibraban bajo la influencia del eclipse, como si el mismísimo bosque estuviera unido a Selene por un vínculo sagrado y corrupto. Las paredes gemían, los techos goteaban savia púrpura, y las antorchas ardían con llamas negras que no emitían calor, sino deseo.
La fiesta seguía. El frenesí de cuerpos aún chocaba entre susurros, gemidos y música tribal. Algunos de los invitados se desmayaban del exceso de placer o magia, pe