Elara despertó con un dolor que no era solo físico. Era el eco de dos pérdidas.
Estaba acostada sobre el mármol frío del pedestal, envuelta en las túnicas rasgadas de Lysander, que había usado como vendaje.
Su brazo, donde se había hecho el corte, estaba curado. El Vaso Puro, ahora vacío de sangre, latía con un brillo tenue, habiendo tomado el poder suficiente para cerrar su herida.
Lysander estaba despierto a su lado. Pálido, pero vivo. Su respiración era superficial, pero constante.
La acción había terminado. La cúpula de luz aún existía, pero el cielo exterior había vuelto a su azul pálido, despojado del vórtice de sombra.
Elara se incorporó con esfuerzo. Su primera acción fue buscar a Valerius.
Lo encontró a unos pocos metros. No estaba muerto, ni era el monstruo de obsidiana.
Era solo un hombre, con la túnica blanca manchada de tierra, sentado inmóvil. Parecía haber envejecido veinte años en una hora.
La Sombra se había ido. Lo que quedaba era la cáscara del idealista, aplastado