Elara despertó con un dolor que no era solo físico. Era el eco de dos pérdidas.
Estaba acostada sobre el mármol frío del pedestal, envuelta en las túnicas rasgadas de Lysander, que había usado como vendaje.
Su brazo, donde se había hecho el corte, estaba curado. El Vaso Puro, ahora vacío de sangre, latía con un brillo tenue, habiendo tomado el poder suficiente para cerrar su herida.
Lysander estaba despierto a su lado. Pálido, pero vivo. Su respiración era superficial, pero constante.
La acción