La orden de detención se ejecutó con brutalidad. La Guardia de la Academia lo acorraló en el Gran Salón.
Pero su poder, ahora infundido con la energía primal que había domesticado en el desierto, era demasiado vasto para simples cadenas mágicas.
Valerius luchó con la ferocidad de un dios renegado. No luchaba por escapar; luchaba para demostrar su superioridad.
En un estallido incontrolado de energía sombría (un simple subproducto de su furia), destruyó accidentalmente un antiguo distrito residencial adyacente a la Academia.
Docenas murieron. Edificios milenarios se convirtieron en polvo mágico y ceniza.
Este incidente fue el verdadero catalizador de su transformación.
No fue el Consejo quien lo rompió, sino la culpa del fracaso. El olor a metal quemado y el silencio de la masacre lo persiguieron.
Él vio el horror en los rostros de la gente que había querido salvar, y su mente, buscando refugio, se rompió.
Su única justificación: solo una tiranía absoluta, administrada por él, podría t