Capítulo 004

—Adelante.

Estefanía abrió la puerta con cuidado.

El lugar, lejos de parecerle una oficina, se sentía como si estuviera ingresando a una cueva oscura y tenebrosa; pero bien sabía ella que solo eran imaginaciones suyas.

En realidad, ese despacho era como cualquier otro: estantes, libros y un escritorio con una computadora donde aquel sujeto revisaba con atención unos documentos.

Él no alzó la mirada, aunque seguramente la había sentido entrar.

Y entonces se quedó de pie, esperando cualquier indicación de su parte. Un «siéntate» hubiera estado bien, pero no llegó. Ni siquiera cuando aquellos ojos desprovistos de emoción se alzaron minutos después.

El vacío en su mirada le hizo sentir un escalofrío en todo el cuerpo. Quiso encogerse en su lugar y desaparecer junto con el suelo.

—¿De verdad crees que puedes pagar los honorarios de mi gente con tu cuerpo?

La pregunta fue un golpe directo.

—Yo no… no iba a hacer eso —balbuceó con dificultad ante un juicio tan despiadado.

—Ah, ¿no? —Y entonces se puso de pie.

Tenerlo frente a sí en toda su altura le hizo sentir una inminente sensación de peligro.

Este hombre verdaderamente daba miedo.

—¿Y entonces debo creer en las palabras de una mujer que es capaz de estafar por dinero?

—¿E-estafar? No sé de qué habla.

O quizás sí lo sabía…

Estefanía sintió que estaba a punto de sufrir un colapso nervioso.

Me dijeron que mi regalo fue una chica virgen, pero a mí no me pareció eso. —Comentó con un tono casual que no le quedaba para nada. — Incluso gemía debajo de mí la noche anterior, y al día siguiente intentaba seducir a otro hombre.

Tragó saliva, conteniendo las lágrimas.

—No es cierto. Yo solo… no sé qué sucedió… Era mi primera vez. ¡Lo juro! —bajó la vista, sin poder soportar el peso de aquellos ojos helados. Jamás se había sentido tan impotente.

—Debo decir que eres buena actriz. Pero solo eso. No todos son como yo, que creen en las palabras de un mentiroso.

Respiró profundamente, tratando de serenarse, pero fue en vano.

Las lágrimas se desbordaron entonces.

Era patética, sí.

Pero ya había entregado lo único valioso que poseía.

—Por favor, créame —terminó suplicando ante el miedo de que se quejara ante el jefe de Carolina.

Aquella gente era peligrosa. Una falta como esta seguramente se la cobrarían muy caro.

Él no se inmutó ante su llanto.

Rodeó el escritorio con calma y se apoyó contra el mueble. Sus tobillos se cruzaron en un gesto cargado de superioridad. Desde esa posición, su mirada la recorrió de arriba abajo, escaneando con desprecio sus piernas temblorosas, su ropa sencilla y su rostro cubierto de lágrimas.

—Largo de mi bufete —deletreó con calma.

No hubo ni un solo rastro de alteración en su rostro mientras la echaba como si fuera basura.

Se dio media vuelta y quiso correr lejos de ese sitio; sin embargo, al abrir la puerta se encontró de frente con el hombre que le había pagado al jefe por su virginidad ese día.

—Tú… —dijo él, abriendo muy grande los ojos.

Ella lo esquivó con premura, pero alcanzó a escuchar lo que le decía:

—Más te vale que te pongas en contacto con tu jefe y devuelvas el dinero.

¡Dios mío, ya se lo habían informado al jefe de Carolina!

Estefanía sintió que iba a desmayarse.

Abrazó su bolso con fuerza, percibiendo en el interior la vibración del celular. Lo sacó y entonces en la pantalla parpadeó el nombre de su mejor amiga.

—Carolina… —contestó, sintiendo que se ahogaba.

—¡¿Dónde diablos estás metida?! —El tono de Carolina le hizo temer por su seguridad—. Alexei está hecho una fiera, Estefanía. Dicen que no eras virgen. ¡Que todo era una farsa! Debes devolver el dinero ahora mismo. Por favor, tráelo antes de que te maten.

—Carolina, te lo juro, yo sí…

—¡No me jures nada a mí! ¡Trae el dinero! ¡Te advertí que con esta gente no se juega!

Media hora después, una pistola apuntaba directamente a su cabeza. Tenía los ojos fuertemente cerrados mientras le quitaban el bolso y la empujaban al suelo con violencia.

—Debería matarte —rugió su verdugo—. ¿De verdad creías que podías burlarte del gran Alexei?

—¡Lo siento! Yo no…

—¡Cállate, puta!

El mango de la pistola golpeó contra su cara.

Estefanía ahogó un grito de dolor mientras el sabor metálico de la sangre inundaba su boca. Cayó de lado sobre el suelo, hundiéndose en la agonía.

Alexei alzó el arma de nuevo, dispuesto a descargar otro golpe sobre ella.

—¡Te devolvió el dinero! —chilló Carolina con la voz rota—. ¡Por favor, ya déjala! ¡Ya tienes el bolso!

El brazo del hombre quedó suspendido. Bajó el arma lentamente, aunque la furia en su mirada seguía intacta.

—Fuera —rugió, dándoles la espalda—. Si te vuelvo a ver, te mato.

Los pasos de Alexei se alejaron un poco. Y entonces Carolina corrió hasta ella.

—Estefanía, ven, te ayudo a…

—Carolina, si no quieres sufrir las consecuencias, sígueme ahora mismo.

La orden hizo que la joven se estremeciera. La duda estuvo clara en sus ojos, pero Estefanía no quiso meterla en más problemas.

—Hazle caso… —susurró con debilidad—. Estaré bien.

—Pero…

Sonrió con sus dientes ensangrentados.

—Tranquila.

Se puso de pie poco tiempo después y salió tambaleándose de aquel sitio.

Su cabeza palpitaba y su vista estaba borrosa.

Pero no era el dolor físico lo que la atormentaba; era el hecho de saber que había perdido el dinero con el que pensaba conseguir la custodia de su hermano.

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