La sonrisa a Sam no se le borraba de la cara, ya hasta le dolían las mejillas. Dos años había pasado sin ver a Vlad, creyendo que todo había quedado atrás, pero con la secreta esperanza de que, algún día, él podría ir por ella. Y ese día por fin había llegado.
Y llegaba con Vlad más sexy y encantador que nunca.
Y llegaba con los colchones arruinados y las bolas chinas.
Y llegaba con su perversidad enloquecedora.
Ya no había que darle más vueltas al asunto, era él o ninguno, así de simple. Es