Cuando las radiantes luces del escenario se apagan y la euforia de un público enloquecido se silenciaba, los dioses bajaban del olimpo y volvían a ser hombres comunes, como cualquier otro.
Luego de una gira de una semana, en la que apenas y había tenido tiempo para dormir, Caín por fin estaba en el hotel, en su cama y con su amada familia.
—¡Los Ferraris son mejores! —gritó Baruc.
—¡No, los Camaros! —afirmó Elam.
—¡Te digo que los Ferraris!
—¡Los Camaros!
Se agarraron del cabello.
—Basta... nec