Tal vez Vlad había masticado más de lo que podía tragar. Tal vez no pensó bien en el tema de los embargos. Sin juguetes y sin pijama de cervatillo, estaba él también sucumbiendo a los horrores de la monotonía sexual.
Pese a ello, no iba a echar pie atrás, no señor, no iba a mostrar debilidad frente a Sam. Ella se rendiría, ella le suplicaría piedad.
—¡Tengo un calambre, Vlad! ¡Calambre! ¡Calambre! —gritó ella.
Era el tercero en media hora. Vlad le estiró la pierna hasta que la dolencia pasó.