Egan estaba tan acostumbrado a ignorar a sus guardaespaldas, que confundido y sin notar la camilla extra en la habitación, simplemente se cruzó de brazos frente a Katya. Su rostro era sereno y aliviado, como el de alguien que huye de la policía y sale victorioso.
Katya esperaba que aquello fuese solo su imaginación.
Pero entretenida entre sus pensamientos y la hermosa vista de la camisa blanca de Egan que se estiraba sobre sus anchos hombros y sus bíceps, Katya olvidó por un momento cuál era la