9. Tres o cuatro noches por semana en mi cama, ¿qué dices?
Grecia no respondió, la vergüenza la había enmudecido en su totalidad, así que solo abrió ligeramente la puerta y sacó una parte de su brazo. Emilio, al mirar cómo le temblaba hasta el último de sus dedos, no pudo evitar sonreír y negó con el pecho inflado.
En serio que era demasiado tierna o lo fingía bastante bien, ya ni sabía... ¡quería comérsela!
Con las mejillas y la naricita aun sonrojada, cerró la puerta detrás de sí y se colocó la camisa. Curiosa, estrujó la tela y se la pegó a la nari