31. Estamos juntos
Aunque la luz era escasa en esa casucha, Emilio pudo percibir como las mejillas de esa hada se encendían de rojo fresa.
Dios, como le gustaba tenerla y saberla así, dispuesta y entregada como siempre, para lo que fuera y donde fuera, con su respiración agitada por la lujuria y esos picos erectos que demostraban lo mucho que ella deseaba ese encuentro.
Sabía, muy bien, que no era el lugar ni el momento adecuado para dar rienda suelta los deseos; sin embargo, una parte de él, la que lo dominaba s