26. Puedes pedirme lo que quieras… yo te lo daré
Con el deseo penetrando en sus pupilas, la pobre pasó saliva, congelada, excitada; la sola idea de que él cumpliese con su palabra resultaba ser un volcán a punto de hacer erupción.
— Creo que puedo lidiar con eso — musitó, roja, decidida, aunque tímida por la confesión.
Emilio enarcó una ceja, sorprendido, le gustaba que fuese así de tierna e intrépida a su vez, que se dejara hacer de él, de sus decisiones y sus ganas locas de hacerle el amor cada segundo, en cada esquina, en cada superficie,