25. No puedes ir por allí con esos pechos al aire
Cuando la tuvo sentada en el lado del copiloto, con las mejillas aun encendidas y los labios húmedos, la tomó del cuello y la empujó hacía él para besarla, desbordado de calor y ternura.
Gimió contra su boca, Dios, llevaba todo el rato necesitando ese momento a solas con ella, sobre porque quería deshacerse de la imagen de ese imbécil mirándola como si ella no tuviese quien la protegiera, encima, era su paciente, sería muy poco ético de su parte poner los ojos en ella. Idiota, de solo recordar