11. La clase de mujer que sueles frecuentar
Grecia bajó las escaleras sabiéndose observada y sintiendo que el corazón le latía desbocado, ¿y cómo no? Jamás en su vida nadie la había contemplado como ese hombre lo hacía… cómo si ella fuese la única en un millón.
— Estoy lista — logró decir, acalorada, al final de las escaleras.
Emilio asintió cauto y señaló el interior del elevador sin dejar de observarla.
— Te queda hermoso ese vestido — le dijo, sorprendiéndola y sorprendiéndose a sí mismo.
«Dios, Emilio… ¿qué te pasa?», se dijo, de ver