Maia abrió los ojos lentamente mientras los rayos del sol se filtraban a través de la ventana, iluminando suavemente la habitación. Parpadeó varias veces, tratando de acostumbrarse a la claridad matutina. El colchón mullido bajo su cuerpo y la frescura de las sábanas de seda la envolvían en una sensación de comodidad que no le pertenecía.
La puerta se abrió de repente, sacándola de su ensoñación.
—Buenos días, señorita Maia —saludó Lulu con una sonrisa radiante mientras entraba con paso seguro